Manifiesto Estrambótico
por Quim Hereu
“Cuando tengamos mil años, seremos iguales. Lo sé.
Pero, de momento, el camino sigue.
Ya quise ser De Chirico, luego quise ser Jheronimus, después Delvaux, y más tarde, Magritte.
Pero ahora, ya soy yo.Así es la vida. Así es el talento. Y así es el Estrambotismo.”
De repente, un intenso olor a trementina se extiende por todas partes, anunciando su llegada. Nunca sé cuándo vienen ni cuándo se van, mis musas. Solo puedo, como un topo ciego y mudo, esperar pacientemente su visita. Como ese insecto helado que aguarda la llegada del nuevo día y, con él, la promesa de un sol que le devuelva la vida.
Papeles, dibujos, pinceles, óleos, pigmentos… y un lienzo, muy blanco. Todo, o quizás nada, empieza a tener sentido. Un manifiesto. Un viaje estrambótico hacia el fondo de mis abismos, donde habitan mis monstruos, mis musas, mis miedos y una realidad obstinada: la mía.
La barba se le transformaba en un enredo de hilos y peces, mientras la cabeza se le hinchaba más y más. Le aparecía algo parecido a una cuadrícula, y de los huecos salían cañas de pescar. Las musas irrumpen en el espacio y me imagino teatros inventados. Desconectado de la realidad, perdido en mi propio desconcierto, dejo que el arrebato lo inunde todo y me hundo en un abismo insondable y estrambótico, lleno de luces y formas que solo yo puedo reconocer.
Y mientras navego a profundidades submarinas con mi batiscafo, de pronto siento un impulso desmesurado que me catapulta: una ráfaga de locura que me permite saltar el abismo que me separa de lo que siempre soñé hacer, que me otorga la capacidad de convertirme en lo que siempre quise ser. Por raro, extraño o diferente que fuese. Es una sensación de libertad que me permite vivir sin miedo a los convencionalismos ni al exceso de sensatez.
El arrebato y la imaginación alimentan el motor de mi submarino sideral. El arrebato es una bestia antigua que duerme dentro de mí. Cuando despierta, todo tiembla y todo se vuelve posible. La imaginación nos acompaña desde el día en que nacemos.
Por eso la pinté: la Rauxa. O, dicho de otro modo, la Trilogía Estrambótica. Para darle forma y color, y para que esas tres pinturas —por su apariencia, tamaño y contenido— definieran por sí mismas este nuevo movimiento.
Utilicé la imaginación para hacer lo que siempre había querido hacer, con rigor, técnica y oficio. Dejé que el arrebato venciera a la razón. Dejé que las musas me devolvieran aquella imaginación ciclópea, poderosa e infinita que tenía de niño, para poder hacer lo que más deseaba, sin que me importara casi nada más.
Por ahora, el tiempo es finito para los humanos, y eso lo hace de un valor incalculable. Tres cuadros de dimensiones colosales, porque siempre quise pintar lienzos así: grandes, desmesuradamente grandes. Y unos temas elegidos con cuidado, porque debían ser la esencia y la definición de este movimiento: Tiempo, Poder y Libertad.
Porque toda persona debería ser libre para hacer con su tiempo lo que quiera. Un ser vivo ve la realidad; un artista estrambótico, la imagina.
Al pintar la Trilogía, creé la parte visual de este manifiesto. Es la declaración del Estrambotismo, y la Venus estrambótica es su icono. Dentro de esas tres pinturas monumentales introduje el Llegendàrium, un conjunto de metáforas que son las claves que explican la totalidad del hecho estrambótico.
Unas claves que no son reglas exactas, sino puntos de partida, indicaciones, brújulas para que cada uno pueda explorar sus propios abismos, sus límites, y encontrar ahí su propio Estrambotismo.
El arte es el espejo de nuestra conciencia. Por eso el Estrambotismo es inclasificable y escapa de cualquier jaula intelectual: nace de la subjetividad de cada individuo.
Cualquier ser capaz de abstraerse puede encontrar su propio arte. Y aun así, intuyo que el arte no sirve para explicar ni denunciar nada, sino para sentirlo todo. Un impulso que brota de lo más profundo, de un lugar donde no existen las razones ni las explicaciones, ni el tiempo ni el espacio; solo la necesidad de sentir.
Mientras continúo mi viaje submarino en mi pequeño batiscafo, doy forma al Estrambotismo y lo convierto en un reflejo alterado y consciente de la realidad que me rodea. Es un viaje sin mapa, una especie de naufragio voluntario dentro de mi mente. No tengo en cuenta prejuicios, fórmulas, leyes ni convencionalismos. Todo es posible, y los límites son los de la imaginación misma, dentro del universo de la creación. Un arte, eso sí, basado en una técnica rigurosa y refinada, casi prodigiosa, y en un oficio aprendido con dedicación.
La pintura nace del dibujo.
Cuando termino el proceso creativo y regreso a la superficie desde las profundidades abisales, la luz vuelve a ser la misma… pero yo ya no. He visto el revés de lo invisible y he descubierto que no hay retorno posible. Solo la necesidad de volver a sumergirme en mi abismo, una y otra vez, hasta que las musas decidan que ya basta.
Miro los indicadores de mi “Condensador de Rauxa”, alimentado por una imaginación inagotable.
Todo está bien.
La imaginación gigantesca de cuando era niño, mezclada con una rauxa descomunal que nada puede detener ni controlar, es el combustible del motor atómico que me impulsa, definiendo así el proceso creativo estrambótico. Solo una pizca de razón —la justa para evitar la autodestrucción, sin limitar nunca la creación— interviene en este equilibrio magnífico.
Todo para lanzarme a imaginar y dibujar cosas extraordinarias, y luego pintarlas.
Demasiada razón paraliza; pero el arrebato sin un mínimo de sensatez destruye cualquier proceso creativo.
Con las luces de mi batiscafo reluciente ilumino el mundo que me rodea, y encerrado en mi estudio, altero deliberadamente los elementos e intercambio las propiedades de las cosas, jugando como lo haría un cosmonauta en un asteroide solitario cuando nadie le ve. Imagino lo invisible y escucho el murmullo sordo de la locura para crear nuevos dibujos. De cosas raras, extravagantes, imposibles.
No hace falta inventar formas desconocidas: basta con crear teatros inventados, extraños, que nadie haya visto antes.
Teatros con historias, porque cada pintura es una historia, un cuento. ¡Qué poder hay en eso! En inventar mundos imaginarios, pero tan reales al mismo tiempo.
“Somos homo narrationis”, dice un amigo mío. Nada nos gusta más que que nos cuenten un cuento, una historia, una pintura. Como cuando éramos niños.
¿Entonces un niño no puede ser estrambótico porque no tiene una mente adulta? Sí que puede, porque son, por definición, sus depositarios. Pero con el tiempo, al adquirir una mente adulta, capaz, respetada y con oficio, la potencia creativa aumenta exponencialmente.
Es entonces cuando la gente normal puede empezar a hacer cosas que ya no son normales. Alguien dijo que no cualquiera puede ser un gran artista, pero que un gran artista puede salir de cualquiera.
Como el charcutero que un día, al ver que no tiene sal, en lugar de esperar el pedido, se atreve a poner azúcar en sus butifarras, inventando así uno de los platos más refinados que existen.
El Estrambotismo sabe a butifarra dulce.
Sé, porque me lo repiten constantemente mis musas, que el interés del acto creativo está dentro de cada uno, no fuera.
Fuera está la naturaleza, de una belleza irrefutable, de la que nos alimentamos para crear nuestros teatros inventados. Una naturaleza que todos pueden ver.
En cambio, dentro de nosotros habitan nuestros propios mundos: abismos insondables, historias, miedos, musas, creaciones y singularidades que solo pertenecen a nuestro imaginario y que nadie más puede ver. Todo lo que inventamos y que solo podemos hacer visible primero para nosotros mismos, y luego para los demás, a través de la conciencia y, por tanto, del arte.
La elegancia del equilibrista francés proviene de su habilidad para caer en el abismo y saber salir de él. De encontrar, en su tormento, las explicaciones y el secreto de sus acrobacias; no de quedarse allí. Ahí está la clave.
Soy un analista, especialista en trayectorias planetarias. Obstinadamente calculo el camino que seguirá la cápsula antes de entrar en órbita. Es decir, calculo la composición, la armonía y el ritmo: las tres claves de una pintura, y quizás de todo.
El resultado son escenas que, a primera vista, parecen “normales”, elaboradas con elementos cotidianos y familiares. Pero, al observarlas con atención, esos elementos dejan entrever un mundo imaginario y estrambótico, gracias a su combinación grotesca o a la atribución de funciones que no les corresponden.
Como un alquimista loco, altero sus atributos naturales y les doy otros nuevos. Como si el aire de mi estudio cambiara de estado y, al volverse líquido, pudiera volar en él.
Intuyo que el Estrambotismo se basa en principios sencillos, lejos de métodos ininteligibles que confunden a todos. Observo una simplicidad en su mecanismo creativo, basado en pocos elementos, pero poderosos, que lo hacen extremadamente eficaz.
Equipado con mi casco de aviador antiguo y a bordo de mi brillante batiscafo, navego a velocidad prodigiosa hacia el epicentro del hecho estrambótico: donde reside el proceso creativo, la esencia misma del arte.
Como un cosmonauta perdido llegando al centro del Universo. Una paz indescriptible lo llena todo, y allí encuentro la existencia increíble de las musas. Son seres etéreos, luminosos, indescriptibles porque cambian de forma constantemente. Invisibles para los demás, van y vienen a su antojo: incontrolables, infalibles, precisas. Tan exactas como las órbitas de un electrón girando alrededor de su átomo. Son espejos que reflejan los grandes secretos y se mueven dentro de nuestra mente. Aparecen en el momento justo, al inicio del acto creativo, cuando menos lo esperas.
Deduzco que son propias de cada artista, que debe tener la sensibilidad para percibirlas y la capacidad de interpretarlas. Intuyo, una vez más, que eso es el talento.
Sin ellas, nada es posible; con ellas, todo lo es.
A partir de ahí, la inspiración basta para administrar sus mensajes. Arrebato en forma de imaginación, una pizca de sensatez, libertad, dibujo, técnica y trabajo hacen que el resto del proceso creativo sea comprensible y universal.
Veo un ornitorrinco. Atareado, totalmente incapaz de entender una metáfora, incompetente para imaginar que la luz puede ser como la miel. Si lo entendiera —si comprendiera que un disco de mármol blanco deslizándose entre las nubes puede ser la Luna— dejaría de ser un simple mamífero monotrema y se convertiría en candidato a creador. Pero le falta esa capacidad de abstracción, tan necesaria para entender el arte.
Quien trabaja sin parar se vuelve capaz, pero eso no le da el don de la creatividad.
Descansa.
Hablo con las musas y vislumbramos un Estrambotismo capaz de adaptarse a la personalidad de quien se identifique con él, para que esta pueda transmitirse a las obras y, desde ellas, al espectador, a través de la contemplación, cerrando así el círculo de la creación.
Para entender el arte como el espejo que nos devuelve nuestra conciencia y le da forma. Una forma que no pretende destruir.
Hablo de un Estrambotismo premeditado y voluntario, que no se alimenta necesariamente de los sueños —aunque puede hacerlo— y que no anula la voluntad del pintor o del creador.
Que rehúye los automatismos y la falta de control.
Hablo de un Estrambotismo que nace de un acto de libertad, y porque su mera existencia me emociona y me complace. No responde a una necesidad ni surge como una ruptura con otros movimientos, forzada por argumentos técnicos o procesos incomprensibles.
Tampoco pretende “romper” nada: el arte es demasiado valioso para destruirlo.
Ahora todo es fragmento y memoria.
Como cosmonauta y pintor que soy, me he saciado del legado de los grandes artistas y creadores que nos precedieron, con un respeto absoluto por su obra. Nadie nace de la nada: todos somos la suma de lo que hemos visto antes, más lo que humildemente podamos aportar.
Soy muy consciente de ello, y esta es mi aportación.
Quizás algún día, los estudiosos analicen estos términos. No por vanidad mía, sino porque el Tiempo así lo disponga.
Perdido en mi propio mundo, entiendo que conciencia y arte son inseparables.
De la conciencia nace la capacidad de abstracción, y de esta, inevitablemente, la capacidad de crear.
Puedo afirmar, por tanto, que la expresión de la conciencia humana está íntimamente unida al arte en general, y al Estrambotismo en particular.
Se me acaba el tiempo concedido para escribir este manifiesto, consciente de que no descubro ningún método nuevo. Tampoco lo pretendo. No invento nada especialmente singular: describo un mecanismo creativo utilizado desde tiempos inmemoriales, que permite, eso sí, inventar las creaciones más fantásticas.
Y le damos un nombre: el nombre que un día se inventó Joan.
La nobleza del Estrambotismo reside en su capacidad de no necesitar destruir nada de lo que otros creadores, antes que nosotros, hicieron. Porque la verdadera fortaleza y la confianza nacen de lo que uno mismo crea, no de destruir, ignorar o despreciar el trabajo ajeno.
Con este manifiesto, reconozco la sabiduría de los antiguos, la necesidad de la constancia, el oficio, la técnica, y al mismo tiempo, la existencia del talento y, por tanto, de las musas.
Dicen que el Tiempo no perdona lo que se hace sin él.
Pues yo, ahora, dedico el que me ha sido concedido a alimentar el Estrambotismo y fundarlo formalmente con la creación de su manifiesto visual, la Trilogía Estrambótica, y este manifiesto escrito que la acompaña.
Y lo presento al mundo para completar lo que comenzó mi amigo Joan Fuster i Gimpera.
Y porque, al hacerlo, me divierto y regreso a mi infancia,
donde todo era paz, luz y silencio.
